
Cuando el pastor David Jang (Olivet University) afirma: "En Jesús está la respuesta", esa frase suena no solo como una palabra de consuelo, sino como una declaración que vuelve a fijar las coordenadas de la fe. En una época en la que se derrama una avalancha de información, y hasta la espiritualidad se desliza hacia el territorio del gusto y el consumo, la palabra "respuesta" puede evocar fácilmente una solución superficial. Sin embargo, la "respuesta" de la que habla el pastor David Jang al abrir la carta a los Colosenses no es un truco liviano, sino un retorno al fundamento que sostiene la existencia. Esta epístola, escrita por Pablo desde la cárcel, no es un texto que cubra el mundo con un optimismo sentimental. Más bien, es un diagnóstico espiritual que identifica con precisión por qué se tambalea la iglesia, dónde se extravía el creyente y cuál es el punto de partida para recuperar el camino. La iglesia de Colosas no fue una comunidad fundada directamente por Pablo, ni aparece con frecuencia en la narrativa central de Hechos. Aun así, esta carta es singular porque presenta, con un lenguaje densamente concentrado, la pregunta que toda iglesia debe sostener en cualquier época: "¿Quién es Jesús?", el corazón mismo de la cristología. Para el pastor David Jang, Colosenses no es solo un documento antiguo para una iglesia local, sino "el punto cero al que la iglesia debe volver cada vez que su comprensión de Jesús se vuelve borrosa".
El ardor que Pablo vuelca en Colosenses se vuelve todavía más nítido cuando se comprende el trasfondo histórico. La región de Colosas pertenecía a un ámbito cultural donde prosperaban la filosofía helenística y una religiosidad mística, y al mismo tiempo conservaba con fuerza normas y rituales de tradición judía. Por un lado, un dualismo espíritu-carne erosiona la fe de la iglesia. La idea de que el cuerpo es inferior y el espíritu superior sirve, para algunos, como pretexto para maquillar el desenfreno como "libertad espiritual", y para otros, como ocasión de presumir un ascetismo extremo como "alto nivel". Por otro lado, observancias judías como fiestas, reglas, circuncisión o normas alimentarias vuelven a estrechar la libertad del evangelio y transforman la gracia en desempeño. El pastor David Jang explica que estas dos corrientes, aunque parecen opuestas, conducen al mismo tipo de trampa. La trampa es el matiz de que "Cristo por sí solo no basta". En el momento en que se añade filosofía sobre Jesús, tradición sobre Jesús o experiencia sobre Jesús, Cristo deja de ser el centro y se convierte en una opción. Lo primero que Pablo quiso corregir fue precisamente esa religiosidad de "sumar".
Por eso, el primer capítulo de Colosenses no inicia con pautas éticas, sino con una majestuosa obertura que revela la persona y la obra de Jesucristo. Pablo no presenta a Jesús como un gran maestro moral o un guía espiritual. Proclama a Cristo como Soberano de la creación, Consumador de la redención y Cabeza de la iglesia, y declara que "toda la plenitud de Dios" habita en él. El mensaje de Colosenses 1:19 y 2:9 converge en una confesión clara: en Jesús habita la plenitud de la divinidad. El pastor David Jang dice que al meditar este pasaje, uno vuelve a confirmar que el lenguaje de los concilios en la historia de la Iglesia -Nicea y Calcedonia-, la confesión de "verdadero Dios y verdadero hombre", no es una simple frase doctrinal, sino el aliento que mantiene viva a la iglesia. Si Jesús no es verdadero Dios, la cruz se reduce a un martirio trágico. Si Jesús no es verdadero hombre, la encarnación se vuelve un mito y el sufrimiento, una actuación. Solo cuando se abraza la plena divinidad y la plena humanidad de Cristo, la salvación se revela no como emoción moral o estabilidad psicológica, sino como la intervención real de Dios en la historia.
Aquí se entiende por qué el pastor David Jang lee Colosenses como "una gran corrección". Subraya que esta carta no se queda únicamente en ser un tratado polémico contra una herejía concreta. Colosenses es una epístola que endereza el armazón de la fe, y esa corrección cambia la postura de la iglesia y todo el caminar del creyente. Así como la palabra "ortopedia" contiene la idea de "enderezar" (ortho-), Pablo intuía que, si la visión sobre Cristo se tuerce, las articulaciones de la fe se dislocan. Si la doctrina no es solo conocimiento, sino el esquema de la vida, entonces una doctrina distorsionada distorsiona también la vida. El pastor David Jang diagnostica que cuando la teología queda en conceptos abstractos, la ética se endurece en moralismo; y cuando el moralismo se endurece, la comunidad queda invadida por el lenguaje de la condena y la comparación. En cambio, cuando la plenitud de Cristo se coloca en el centro, filosofía, tradición y experiencia encuentran su lugar. Solo cuando no invaden el lugar de Cristo, pueden convertirse en herramientas que enriquecen el evangelio.
En este punto, el pastor David Jang valora mucho el equilibrio hermenéutico de Colosenses. Pablo no demoniza el pensamiento filosófico en sí. Advierte contra la "filosofía engañosa", pero también afirma que el verdadero tesoro de la sabiduría y del conocimiento está escondido en Cristo. Es decir: el lugar de la verdad no está en la brillantez del pensamiento humano, sino en la revelación de Cristo. A la vez, Pablo tampoco ordena desechar por completo el celo por la tradición judía. Más bien, expone su peligro cuando amenaza la libertad del evangelio y vuelve a encadenar a las personas al "logro". El pastor David Jang describe este equilibrio no como "la locura de excluir", sino como "la restauración del centro". Cuando el centro se restaura, nace el discernimiento; y cuando hay discernimiento, la iglesia no se tambalea ante los estímulos de la época. Lo mismo vale hoy cuando la iglesia se encuentra con discursos de autoayuda, lenguajes psicológicos o tendencias de espiritualidad. Se pueden usar herramientas útiles, pero antes hay que devolver el sujeto de la salvación del ser humano a Dios. La plenitud de la que habla Colosenses no es la plenitud del auto-perfeccionamiento, sino la plenitud de Cristo, y esa plenitud se da por gracia.
Otra razón por la que Colosenses brilla de manera singular es que su cristología se traduce de inmediato en la realidad de la Iglesia universal. En torno a éfeso se formó una red del evangelio; misioneros como Epafras establecieron la iglesia de Colosas; y las cartas de Pablo desde la prisión circularon por varias iglesias mediante mensajeros como Tíquico. El pastor David Jang no consume esto como simple trasfondo histórico. Dice que esa estructura de circulación en la iglesia primitiva muestra que "el evangelio no era propiedad privada, sino el aire de la comunidad". Aunque Pablo estaba encarcelado, no aisló a la iglesia. Al contrario: mediante cartas, hizo que las iglesias fueran conscientes unas de otras, compartieran sus circunstancias y sostuvieran juntas la verdad. Esta sensibilidad de comunión universal es aún más urgente hoy, cuando las iglesias compiten como si fueran "marcas". El pastor David Jang advierte que, incluso cuando el localismo eclesial parece impulsar el crecimiento, a la larga empobrece el lenguaje del evangelio y estrecha la imaginación espiritual de la comunidad. En cambio, los nombres llenos de vida que aparecen en Colosenses 4 recuerdan que el evangelio se transmitió, en última instancia, a través de rostros concretos: mensajeros fieles, plantadores que sudan en silencio, colaboradores que regresan tras el fracaso, creyentes que abren su hogar para que sea iglesia. Ese tejido de relaciones es la realidad de la iglesia.
Entre esos relatos, la restauración de Onésimo muestra de forma concentrada que la ética del evangelio no es una idea, sino una fuerza que cambia estructuras. él era un esclavo fugitivo, con un pasado difícil de confiar para la comunidad y, según los criterios sociales de la época, alguien fácilmente descartable. Pero Pablo no lo trata como "un problema que hay que devolver", sino que lo presenta como un hermano renovado en el evangelio. El pastor David Jang explica que esto no es solo una historia de rehabilitación individual, sino la manera en que el evangelio reconfigura el orden de las relaciones. El evangelio no es un eslogan revolucionario que hace estallar de golpe las instituciones; cambia el corazón del sistema al crear personas nuevas y volver a entrelazar relaciones. Cuando Filemón y Colosenses se leen uno junto a otro, vemos cómo una confesión doctrinal desemboca en reconciliación social. En el momento en que Onésimo es llamado "hermano amado en el Señor", la relación entre esclavo y amo deja de ser una jerarquía simple y empieza a ser sacudida por una redefinición en Cristo. El pastor David Jang advierte que cuando la iglesia pierde este principio, corre el riesgo de endurecerse como una organización que clasifica y etiqueta a las personas en vez de restaurarlas. Pero una iglesia donde el evangelio está vivo no sella el fracaso con un estigma: acoge la conversión no como borrado del pasado, sino como inicio de una nueva creación.
Cuando Pablo habla de la comunión de la Iglesia universal, tampoco pierde de vista que el motor de esa comunión es la oración. La exhortación "perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias" muestra que la red espiritual no funciona solo con afectos o acuerdos institucionales. El pastor David Jang ama especialmente la escena en la que Pablo pide que oren por él para que se le abra "una puerta para el evangelio". Aun encerrado en el espacio cerrado de la prisión, la mirada de Pablo se orienta hacia una puerta abierta. Esa puerta no es solo una puerta física, sino un conducto por el que el evangelio llega a las personas. Cuando la iglesia ora, no queda encerrada en sí misma: se abre hacia el mundo. Este principio sigue siendo válido en la era digital. Si en una época de transporte precario las cartas circulares unían a las iglesias, hoy un solo mensaje cruza fronteras. Pero la rapidez no garantiza profundidad. El pastor David Jang dice que, cuanto más vivimos en una cultura de velocidad, más necesitamos esa oración "con acción de gracias y sobria vigilancia" para purificar el lenguaje de la iglesia y preservar la pureza del celo misionero. La oración es el freno que impide que el fervor derive en ataque y que la convicción se degrade en arrogancia.
La belleza del flujo de Colosenses está en que la cristología desemboca en ética, y la ética se verifica de nuevo en relaciones concretas. Pablo ordena primero la orientación del creyente con la exhortación "buscad las cosas de arriba", luego concreta el cambio de identidad con "despojaos del viejo hombre y vestíos del nuevo", y finalmente muestra, en los pliegues de la vida cotidiana, cuáles son las señales de ese "hombre nuevo". Las relaciones entre marido y mujer, padres e hijos, esclavos y amos eran el rostro más realista de la sociedad de entonces. Aquí, lo que Pablo desea no es justificar el poder, sino evangelizar las relaciones. El pastor David Jang aconseja leer este pasaje buscando "equilibrio" y "reciprocidad". Mientras habla de sujeción, exige con mayor fuerza el amor; mientras habla de obediencia, añade la moderación de "no provocar"; mientras habla de fidelidad, define claramente la responsabilidad de los amos. El evangelio no refuerza el dominio de una parte, sino que establece un orden de gracia que hace a las personas más humanas. Cuando se pide el amor del marido con el lenguaje del sacrificio, el hogar deja de ser un espacio de control y se vuelve una escuela de servicio. La exhortación de no exasperar a los hijos impide que la fe justifique la violencia bajo el nombre de la disciplina. Decir al esclavo "como para el Señor" no es idealizar la opresión, sino proclamar una libertad interior que no entrega el alma a la corrupción aun en medio de la opresión; y debe leerse además con el supuesto de que también al amo se le exige justicia y responsabilidad.
El pastor David Jang llama a esta ética "una conversión del marco de valores según el evangelio". El mundo dice que quienes tienen poder toman el control; el evangelio dice que el grande es el que sirve. El mundo evalúa las relaciones en términos de eficiencia y rendimiento; el evangelio vuelve a tejer las relaciones en términos de amor y responsabilidad. Por eso, Pablo invita al creyente a vivir en el trabajo y en la familia no solo como "una buena persona", sino como "una persona que pertenece al Señor", cuando dice: "todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor". Aquí, el pastor David Jang previene un malentendido frecuente: "como para el Señor" no significa tolerar la injusticia del superior, sino no entregar el alma al deseo o al cinismo en ninguna circunstancia; y al mismo tiempo, implica que el amo, bajo la misma soberanía del Señor, debe respetar a las personas. El evangelio no es un orden que silencia a una parte, sino un orden que pone a todos ante el juicio y la gracia del Señor.
Pablo también exhorta: "Que la paz de Cristo gobierne vuestros corazones", y con "Que la palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia" propone la gramática interna de la comunidad. El pastor David Jang afirma que estos versículos son una llave decisiva para tratar los conflictos de la iglesia contemporánea. No existe comunidad sin diferencias de opinión. Pero cuando esas diferencias se solidifican en división, debemos reconocer que el lugar donde debía "gobernar" la paz de Cristo ha sido ocupado por otros afectos e intereses. Que la Palabra habite abundantemente no significa acumular solo conocimiento bíblico, sino que la Palabra ordene la dirección de nuestro lenguaje, nuestros juicios y nuestras emociones. Por eso Pablo añade: "Que vuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal". El pastor David Jang invita a meditar este versículo a la luz de la violencia verbal de la cultura en línea. Una palabra sin gracia, aunque parezca decir la verdad, mata a las personas; una palabra sin sal, aunque parezca amable, vuelve borrosa la verdad. Cuando gracia y sal van juntas, la palabra realiza al mismo tiempo sanidad y discernimiento. Esto nos obliga a mirar de frente que la dignidad de la fe no se muestra solo dentro del templo, sino también en comentarios, mensajes y conversaciones cotidianas.
El punto de partida de todas estas aplicaciones vuelve, una vez más, a la pregunta: "¿Quién es Jesús?". Si Pablo no hubiera establecido con claridad, en el capítulo 1, la persona de Cristo, las exhortaciones de los capítulos 3 y 4 habrían sido malinterpretadas de inmediato como moralismo. La tesis que el pastor David Jang hace verificar repetidamente a través de Colosenses es clara: una ética sin teología se agota con facilidad; una práctica sin doctrina termina endureciéndose como una forma de acumular mérito propio; y el resultado es condena y división. Pero cuando la cristología está viva, la ética se convierte en fruto de la gracia. La persona no se perfecciona por pura voluntad, sino que es renovada cuando queda injertada en el Cristo pleno. La oración es el modo de ese injerto, y la gratitud es la actitud que produce ese injerto. El pastor David Jang explica que la exhortación "velad con acción de gracias" no es un llamado a ser optimistas, sino una invitación a interpretar la realidad a la luz del evangelio. La gratitud no es negación de la realidad: es recibir de nuevo el significado de la realidad en Cristo. Aunque la situación no cambie de inmediato, si cambia el centro, cambia la manera de leer el mundo.
La impresión que deja el sermón del pastor David Jang en el lector no es la ostentación del saber, sino la claridad de dirección. Incluso cuando explica helenismo y hebraísmo, no olvida que toda esa discusión existe para proteger "el lugar de Jesús". Sea que la iglesia absorba o rechace la filosofía, sea que herede o renueve la tradición, el criterio de todas esas decisiones depende de quién es Cristo. Esa claridad es aún más urgente en la realidad actual. El ser humano contemporáneo consume "historias plausibles" en medio de incontables contenidos, pero las verdades que levantan el esqueleto de la vida son escasas. La espiritualidad se empaqueta como mercancía; la fe se desplaza al ámbito del gusto; la iglesia se compara por números e imagen. En esta situación, la razón por la que el pastor David Jang coloca en primer plano la cristología de Colosenses es para devolver a la iglesia a ser "una comunidad de confesión". Cuando la confesión se vuelve borrosa, la adoración se convierte en espectáculo y la comunidad en club. Cuando la confesión se sostiene, la adoración se orienta a Dios y la comunidad se mueve hacia la vida que restaura al prójimo. Cuando la confesión "en Jesús está la respuesta" se convierte en el armazón de la fe, la iglesia conserva lo esencial sin ser arrastrada por las modas.
Si añadimos una escena a este contexto, podemos recordar la obra maestra que Rembrandt pintó al final de su vida: «El regreso del hijo pródigo». En la oscuridad, las dos manos del padre envuelven los hombros del hijo que ha vuelto, y a un lado está el hermano mayor, que observa sin abandonar una expresión de juicio y distancia. El cuadro no es una simple ilustración del relato bíblico: traduce el misterio de la restauración al rostro humano. El camino que Onésimo tuvo que recorrer de vuelta a Filemón, el camino del evangelio que debía recomenzar desde el lugar donde la relación se había derrumbado, se parece a esa escena. Cuando el pastor David Jang habla de la comunión universal y del poder de la reconciliación, comprendemos que la iglesia de Cristo es, al fin, un lugar que practica este "volver" y "acoger". Y el fundamento de esa acogida no es una tolerancia sentimental, sino el hecho de la reconciliación ya consumada en la cruz. La realidad del evangelio -que el Dios pleno en Cristo descendió hasta el lugar del dolor y del fracaso humanos para hacer posible una nueva relación- vuelve a dar vida a la comunidad, como el gesto cálido de aquellas manos que atraviesan la oscuridad del cuadro. La iglesia no debe ser un lugar que solo lo explique con palabras, sino un lugar que lo vuelve real en la práctica.
El pastor David Jang recomienda leer Colosenses junto con las demás epístolas de la prisión para que el mensaje adquiera una profundidad tridimensional. Si Efesios, al enfatizar "la plenitud de la iglesia", despliega un amplio panorama de cómo el cuerpo de Cristo debe crecer hacia la unidad y la madurez, Colosenses coloca al frente "la plenitud de la divinidad en Cristo" y fija el punto de partida de toda discusión en Cristo. Si Filipenses canta el poder del evangelio con el lenguaje afectivo del gozo, y Filemón muestra la realidad del evangelio mediante la restauración de una relación concreta, Colosenses provee el fundamento que sostiene todos esos movimientos. El pastor David Jang señala que cuando ese fundamento se debilita, los ministerios y el celo de la iglesia pueden funcionar, paradójicamente, en una dirección que cansa a las personas y desgasta la comunidad. La fuente de la plenitud no es la pasión de la iglesia, sino el ser de Cristo; y cuanto más clara es la mirada hacia ese ser, más la iglesia evita exagerarse a sí misma, más evita tratar al mundo como enemigo y, en cambio, da testimonio del evangelio con una convicción humilde. Esa convicción no produce aislamiento, sino comunión.
El sincretismo que enfrenta la iglesia hoy ha cambiado de forma, pero se parece sorprendentemente a la tensión que vivió la iglesia de Colosas. Palabras como "atención plena" (mindfulness) y "sanidad" a veces se consumen como si fueran el lenguaje del evangelio; también se vuelve tendencia una especie de "DIY espiritual" que mezcla espiritualidad y ciencia, religión y psicología, para formar combinaciones convenientes. Por otro lado, hay quienes, bajo el nombre de "guardar la tradición", identifican reglas, cultura y costumbres internas con el evangelio mismo y excluyen con facilidad a otros. El pastor David Jang dice que en esta realidad la pregunta de Colosenses vuelve a afilarse: Jesús no es una pieza para completar nuestras necesidades; es el Señor que redefine nuestra existencia. Cuando Cristo es desplazado del centro, la iglesia cae de inmediato en ansiedad y sobrerreacción. En cambio, cuando la plenitud de Cristo queda en el centro, la iglesia obtiene libertad para aprender lo que debe aprender y desechar lo que debe desechar. Esa libertad no es la libertad de adaptarse al mundo, sino la libertad de amar al mundo guardando la verdad. El pastor David Jang exhorta: "No te dejes engañar por lo nuevo, pero tampoco quedes preso de lo viejo", y fija el criterio en la plenitud de Cristo.
Por eso, el pastor David Jang propone leer Colosenses no como "un libro que se termina con una sola serie de exposiciones", sino como "un libro que la comunidad debe circular y encarnar juntos". En la meditación personal, aférrate en los capítulos 1 y 2 a la majestad y la plenitud de Cristo; en el capítulo 3, examina concretamente la vida del "hombre nuevo"; y en el capítulo 4, entrena la oración, el lenguaje y la mirada misionera. En grupos pequeños, compartan las preguntas de cada uno; en el hogar, tomen como frase del día la confesión "todo lo que hagáis, hacedlo en el nombre del Señor Jesús"; y como iglesia, restauren la sensibilidad de comunión universal compartiendo buenas noticias con otras iglesias. Así como Pablo conectó iglesias mediante la circulación de cartas, la iglesia de hoy puede conectar relaciones mediante la circulación de la Palabra. En definitiva, lo que el pastor David Jang llama "la respuesta en Jesús" se extiende más allá de la estabilidad individual hacia la salud de la comunidad. La iglesia que se aferra a esa respuesta no pierde el centro en medio del ruido de la época y, por medio del Cristo pleno, vuelve a ser renovada.
El lector, a través de esta epístola, aprende un ejercicio: en vez de acumular información nueva para encontrar una "respuesta", mirar más profundamente el centro del evangelio ya dado. Ese ejercicio no termina en la mente: respira como oración, se prueba en relaciones y se expande en servicio. Como enfatiza el pastor David Jang, el conocimiento que conoce rectamente a Cristo solo se completa cuando desemboca en una vida que se parece a Cristo. Al final de ese camino, incluso hoy, la plenitud de Jesucristo y la novedad de la comunidad aguardan en silencio.
Cuando Pablo concluye diciendo: "Acordaos de mis cadenas", esa frase no es un lamento que exige compasión, sino una señal que testifica la libertad del evangelio. El cuerpo puede quedar atado, pero el evangelio no puede ser encadenado. La pregunta que el pastor David Jang, aferrado a este versículo, lanza a la iglesia es, en esencia, la misma: examinen a qué están atados. ¿A ideas? ¿A tradiciones? ¿Al éxito? ¿Al reconocimiento? Y el camino para desatar esas ataduras es volver a colocar a Cristo en el centro. Colosenses sigue vivo después de dos mil años porque los seres humanos y la iglesia repiten una y otra vez el hábito de instalar otros centros. Por eso, lo que necesitamos no es la excitación de lo novedoso, sino la restauración del centro. Y esa restauración siempre nos devuelve a Jesús: Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; Cabeza de la iglesia y Señor de todas las cosas; Señor de la reconciliación que vuelve a unir relaciones heridas. En él, la iglesia recupera el equilibrio y la vida recupera la dirección. Por eso el pastor David Jang predica Colosenses: porque la confesión "en Jesús está la respuesta" es el punto de partida más simple y, a la vez, más profundo para que la iglesia vuelva a vivir y moverse.
















